Axel Kaiser, escritor y abogado chileno, ha cultivado una imagen de “intelectual liberal” que, sin embargo, arrastra un discurso que muchos califican de cavernícola cuando se trata de género. Ha descrito al feminismo contemporáneo como una ideología “totalitaria” que adoctrina a mujeres jóvenes y las convierte en “amargadas”, reduciendo así un movimiento diverso y global a un estereotipo simplón. Su rechazo frontal a campañas como #MeToo, que tacha de “cultura del victimismo”, recuerda más a las reacciones defensivas de tiempos en que las denuncias de abuso se barrían bajo la alfombra que a un análisis moderno y empático.
En el terreno legal, su oposición a medidas como la ley española “solo sí es sí” y a las cuotas de género refuerza esta imagen anclada en otro siglo. Kaiser argumenta que estas políticas “discriminan a los hombres” o “politizan la intimidad”, como si las relaciones y el acceso al poder fueran terrenos naturalmente neutrales. Para sus críticos, esta postura no es otra cosa que una negación de las estructuras que históricamente han mantenido a las mujeres en desventaja, un razonamiento que suena más a defensa de privilegios que a propuesta de cambio.
Kaiser insiste en que las mujeres nunca han estado mejor que ahora y que deben su progreso casi exclusivamente al libre mercado, al que presenta como la fuerza liberadora por excelencia. Desde esta óptica, desestima décadas de luchas feministas y las reemplaza por la narrativa de que la superación individual y el mérito bastan para derribar cualquier barrera. Este argumento, para muchos, se asemeja a un eco de la vieja creencia de que “si quieren igualdad, que se la ganen solas”, ignorando que el punto de partida no es el mismo para todos.
El problema, según sus detractores, no es solo que Kaiser critique políticas específicas, sino que lo hace desde una lógica que parece incapaz de reconocer las desigualdades estructurales. Al etiquetar las demandas feministas como “victimismo” y ridiculizar sus objetivos, perpetúa un pensamiento que remite a épocas en que la igualdad de género era vista como una amenaza al orden natural. Así, bajo el ropaje de un discurso académico y liberal, sus ideas terminan resonando como una defensa pulida pero profundamente arcaica de un mundo en que las mujeres debían agradecer las migajas que les daba el sistema.
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