19 de Abril de 2026
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La columna de Daniel Matamala se presenta como un ejercicio casi pedagógico: explicar, con paciencia franciscana, que cuando te dicen que no hay elefante en la habitación… probablemente estás tropezando con él. Con una prosa que mezcla datos, memoria histórica y un leve dejo de incredulidad, el autor desmonta la idea de que favorecer a los más acomodados es, de alguna forma mágica, un acto de altruismo social. Porque claro, todos sabemos que si a los ricos les va mejor, automáticamente el resto recibe una bendición económica por ósmosis. O por goteo, si queremos mantener la metáfora vintage.

El texto avanza recordando esa vieja joya ideológica del “chorreo”, esa teoría que ha sobrevivido décadas con la misma resiliencia que las dietas milagro: nunca funciona como promete, pero siempre reaparece con nuevo envase. Matamala la revisita con un tono que roza el “ya vimos esta película”, citando experiencias locales e internacionales donde el resultado fue, sorpresa, más concentración de riqueza. Pero no importa, porque esta vez —ahora sí— todo sería distinto. Porque claramente el problema nunca fue la teoría, sino que antes no se aplicó con suficiente fe.

Cuando entra al detalle de las medidas, la columna se transforma casi en un inventario de buenas noticias… para el segmento correcto. Rebajas tributarias, exenciones, incentivos selectivos y generosos beneficios que, curiosamente, no parecen diseñados pensando en la señora Juanita precisamente. El contraste es delicioso: mientras se repite que “no hay plata”, aparecen miles de millones que, como por arte de magia, sí existen cuando el destinatario adecuado levanta la mano. Debe ser un fenómeno fiscal cuántico.

El cierre es donde el sarcasmo se vuelve más afilado: Matamala plantea que, al menos, hay coherencia. No se trata de una reforma ambigua ni confusa; es clara, directa y sin pudor en su propósito. Cuidar a los ricos para que den más. Una idea simple, elegante, casi entrañable en su honestidad brutal. Porque si algo se puede decir de esta propuesta, es que no intenta disfrazarse demasiado: el traje es caro, sí, pero se nota quién lo está pagando… y quién lo está usando.

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