2 de Febrero de 2026
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José Antonio Kast ha construido gran parte de su discurso político sobre afirmaciones simplificadas, datos imprecisos y verdades a medias que apelan más al miedo que al debate informado. En sus campañas y apariciones públicas, ha sostenido que Chile está al borde del colapso por culpa de la “ideología de género”, el “comunismo” y la inmigración, sin aportar evidencia seria para respaldar esas afirmaciones. Ha exagerado cifras de delincuencia, ha vinculado sin pruebas a movimientos sociales con el narcotráfico y ha distorsionado estadísticas económicas para desacreditar reformas sociales o justificar recortes al Estado. Estos recursos retóricos buscan instalar un clima de urgencia moral donde sus propuestas autoritarias parezcan necesarias, aunque no resistan un análisis técnico o factual riguroso.

Uno de los rasgos más notorios de Kast es su insistencia en presentarse como defensor del “ciudadano común”, cuando sus propuestas suelen favorecer a los grandes grupos económicos. Ha afirmado que eliminar impuestos a las empresas estimularía el crecimiento y beneficiaría a todos, ignorando la evidencia que muestra lo contrario en países con alta desigualdad como Chile. Además, en temas como pensiones, salud o educación, su retórica apunta a fortalecer aún más el sistema privado, mientras acusa a quienes proponen reformas redistributivas de “populistas” o “enemigos de la libertad”. Esta combinación de medias verdades, tergiversaciones y miedos fabricados le ha servido para movilizar una base fiel, pero también para degradar la calidad del debate público en el país.

Mucho se ha hablado del quiebre entre Evelyn Matthei y José Antonio Kast, y obvio. Este se hizo evidente tras las tensiones generadas durante las campañas electorales, especialmente cuando el entorno de Kast recurrió a prácticas de campaña sucia para deslegitimar a sus propios aliados dentro de la derecha. Matthei, conocida por su estilo frontal pero institucional, criticó abiertamente las tácticas del Partido Republicano, acusándolos de dividir innecesariamente al sector y de atacar a figuras de su propia coalición con fake news y desinformación. La relación se tensó aún más cuando Kast permitió —o al menos no condenó— que operadores cercanos a él difundieran contenido engañoso para erosionar la figura de Matthei, percibida como una amenaza interna en la disputa por el liderazgo del sector. Este episodio no solo evidenció una fractura ideológica y estratégica dentro de la derecha chilena, sino también el costo de una política que prioriza la confrontación por sobre la unidad y la responsabilidad democrática.

Lo de Matthei no es casual, ya que en uno de sus tantos intentos por desprestigiar a figuras de la izquierda, José Antonio Kast difundió la mentira de que la diputada Karol Cariola se había negado a levantar el secreto bancario durante una investigación, insinuando irregularidades sin respaldo alguno. Sin embargo, la propia Cariola no solo desmintió públicamente la acusación, sino que demostró haber firmado voluntariamente el levantamiento de su secreto bancario ante las autoridades correspondientes, como parte de su disposición a colaborar. Pese a que los antecedentes eran fácilmente verificables, Kast insistió en la imputación falsa, evidenciando una vez más su estrategia basada en instalar sospechas sin pruebas, con el objetivo de erosionar la credibilidad de sus adversarios. Este tipo de maniobras, lejos de contribuir a una fiscalización transparente, contaminan el debate democrático con insinuaciones infundadas que solo buscan alimentar la desconfianza ciudadana.

La diputada no se quedó en silencio, y se despachó este mensaje en X:

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