Franco Parisi, economista y dos veces candidato presidencial en Chile, ha sido una figura mediática que combina carisma, tecnocracia y polémica. Sin embargo, su carrera pública ha estado marcada por varios desaciertos que han mermado su credibilidad. Uno de los más notorios fue su decisión de no regresar a Chile durante la campaña presidencial de 2021, manteniéndose en Estados Unidos bajo el argumento de problemas personales y sanitarios. Esta ausencia física, inédita para un candidato presidencial serio, generó críticas transversales y sembró dudas sobre su real compromiso con el país.
Otro aspecto que ha dañado su imagen es su historial judicial. Parisi ha enfrentado demandas por deuda de pensión alimenticia, lo que no solo ha sido motivo de controversia legal, sino también de reproche ético, considerando que propone una visión moralizadora del Estado y la sociedad. La negativa a abordar de manera clara y directa este tema —incluso en debates y entrevistas— ha generado desconfianza en parte del electorado, que ve en ello una incongruencia entre el discurso y la práctica.
A lo anterior se suma la falta de estructura partidaria seria en su movimiento, el Partido de la Gente (PDG), que tras lograr una bancada parlamentaria ha enfrentado divisiones, renuncias y desorden interno. La incapacidad de Parisi para consolidar una orgánica coherente o liderar efectivamente desde la distancia ha revelado una gestión improvisada, más basada en popularidad en redes sociales que en construcción política de largo plazo. Todo esto ha transformado su figura en un fenómeno electoral llamativo pero poco consistente en términos de propuesta y gobernabilidad.
Varias veces incluso de ha dicho que cada cuatro años incluso viene a hacer “caja” para luego irse con los bolsillos forrados. Hace poco se gestó un foro de minería y Parisi defendió los sueldos de los mineros con un misógino argumento, que le valió pifias y abucheos: