La columna básicamente nos dice que el gobierno decidió jugar al “manual sagrado” de los Chicago Boys, pero sin margen para dudas ni ajustes: lo que dice el dogma, se hace. Nada de alternativas, nada de matices. Porque claro, cuando uno está convencido de tener la verdad absoluta, ¿para qué complicarse escuchando otras opciones?
El problema —según Matamala— es que la política no funciona así. Antes, otros gobiernos enfrentaban crisis con algo tan mundano como el pragmatismo: negociaban, repartían costos, se movían según el terreno. Hoy no. Hoy se aplica la receta aunque el paciente esté con fiebre, presión baja y pidiendo auxilio. Total, la teoría dice que debería mejorar… eventualmente.
En paralelo, el liderazgo tampoco ayuda mucho. El presidente aparece más como espectador que como conductor, dejando el timón en manos de Hacienda. Y cuando la economía se maneja como hoja de cálculo sin considerar el humor social, pasan cosas raras: la gente se enoja, las expectativas caen y el relato empieza a hacer agua. Pero tranquilo, que todo está “bajo control”… dicen.
Al final, la columna remata con una idea simple pero punzante: aquí no se gobierna navegando entre opciones, sino aferrándose a creencias como si fueran religión. ¿El costo? Inflación, desgaste político y decisiones que golpean fuerte. Pero bueno, siempre queda el consuelo de la coherencia: si el barco se hunde, al menos lo hace siguiendo perfectamente el manual.
